Natalia Berbelagua

11 octubre, 2013 12:45 pm Publicado por Pilar Higuera | 5 Comentarios

Natalia Berbelagua y todos sus muertos (+CONCURSO)

Láminas de acrílico, placas dentales y un análisis sobre las sonrisas de las personas según su oficio o a partir de algún detalle facial. Así inicia el primero de los once cuentos que componen La Bella Muerte, la segunda obra de Natalia Berbelagua, quien se hizo su fama en la región por su compilado de relatos eróticos Valporno, en 2011.

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Santiaguina e hija única, se inició en la escritura por la circunstancial razón de que en su casa todos tomaban siesta y las tardes se tornaban eternas. Cultivó su apacible personalidad en la intimidad del lápiz y el cuaderno y desarrolló su admiración por la figura femenina con Madame Bovary, de Flaubert, y Laura Vicuña, en su anecdótico paso por un liceo de monjas.

En la actualidad, se auto-relega al rincón de las ovejas descarriadas de la familia y reconfigura su listado de referentes con nombres como el de Agota Kristof, Roberto Bolaño («que hoy parece ser el ícono de todos») y George Bataille.

Ya a dos años de su debut bajo la editorial independiente Emergencia Narrativa, Berbelagua decide cambiar los amores violentos por historias de soledad y abandono donde a los protagonistas les toca enfrentar, anunciada o de manera imprevista, las vicisitudes de la vida y la muerte.

¿Por qué la muerte? Pareciera que hay incluso una especie de fijación.

–Siempre me atrajo mucho, pero me atrajo por no comprender. La razón juega hasta cierto punto y hay un mundo súper desconocido detrás que, como seres humanos vivos, nos resulta un misterio. Cuando era chica, entraba a escondidas a la habitación de mi abuelo y veía el esqueleto de un cuervo de su temporada en un club de Pesca y Caza o las dentaduras de sus pacientes (era laboratorista dental), y me gustaba. Era una cosa estética. Luego pasó que se fueron sucediendo varios fallecimientos en mi vida, primero de parientes, más tarde un par de amigas y la muerte se convirtió en mi compañía. Además, sé por experiencia que es un tema que me va a rondar siempre y La Bella Muerte será un libro que escribiré toda la vida.

–¿Qué hay del manejo de este, llamémosle, “lenguaje fúnebre”? ¿Es parte de tu experiencia o acudiste a algún tipo de texto para documentarte?

– Bueno, todo tiene su lenguaje. El erotismo lo tiene, la muerte también y todos los temas manejan su propio registro. Pero en mi caso no fue necesario hacer una investigación, realmente. Estos términos estaban en mi cabeza. Además, yo me rodeé y crié con gente súper adulta y, desde muy pendeja, mi vocabulario estuvo lleno de palabras y hasta dichos antiguos (en el colegio se burlaban de mí por lo mismo). Pero, claro, estos términos raros quizás como “féretro” o “rictus” las conozco por experiencia.

–Otro tema que se repite es el de los vicios: alcohol, drogas, juegos de azar. ¿Son parte de la ficción o también reflejan vivencias propias?

–El tema de las adicciones es algo que a mí me seduce mucho y en Valporno también lo trabajé. Siempre me imaginaba a los personajes como tipos adictos a algo. No solamente a sustancias o licores, sino también a afectos. En ese sentido, creo que cada uno de nosotros tiene, efectivamente, una dependencia de algo, por más mínima que sea. Es un tema. El vicio siempre pone a los seres humanos al límite: o haces un corte o te dejas llevar hasta el punto en que pierdes el norte y terminas en lugares como Alcohólicos Anónimos, como la protagonista y Estela en Tragaperras. Sí tengo parientes cercanos y amigos en este mundo y quise mostrar cómo es esa dinámica, pero, en general, no me considero una mina de vicios. Me mantengo más bien alejada de ellos.

–¿Y de las dependencias afectivas?

–Bueno, ahí sí. Pero creo que todos las hemos tenido. En algún momento me sentí dependiente de las muestras de cariño, dentro de la soledad que significa trabajar en silencio y de entregar todo lo que se tiene al escribir. Es propio que aparezcan estas necesidades emocionales. Se torna necesario el contacto con el otro. O que aparezca alguien de repente, cuando llevas horas sentada frente a la hoja en blanco sin lograr quebrar ese muro y que te diga «oye, relájate. Esto va a resultar».

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–En el libro, la muerte está sujeta casi siempre a enfermedades terribles como ellas solas. ¿Requiere algún tipo de preparación previa, psicológica o emocional, escribir este tipo de relatos?

–Es chistoso. Yo creo que hago la literatura de la peor forma, en el sentido de que me lanzo como “en pelota” a escribir. Todos los cuentos que están ahí me afectaron, incluso los epitafios. Al momento de escribir sobre Hans Pozo, por ejemplo, y tener que observar nuevamente esas fotos. Con Jorge Matute lo mismo. El hablar de la muerte te deja más sensible. Recrear fallecimientos de otros, aunque sea de estos personajes que conoces por los diarios o la televisión, te genera una especie de empatía. Ahora, esto de ir “así nomás” me jugó la pasada con La Última Cena, donde relato mi primera gran experiencia con la muerte. Fue terrible, lloré mucho. Pero también fue un paso. Con eso dije, «esto es hacer literatura en serio». Y creo que de eso se trata, de lanzarse. Estoy tratando de apostar por ello.

–Entonces La Última Cena es una historia real.

No completamente. Todo está matizado por la ficción, salvo la escena final de la comida: llegar a la casa y encontrar que la persona que ya no está dejó preparada la cena. Yo lo encontré una cuestión hermosa y de ahí es que aparece el nombre del libro. Parece contradictorio, pero hay belleza en la muerte, como en este caso.

–En uno de los cuentos, la joven protagonista se encuentra ya en su lecho de muerte y le asegura a su madre que pronto se volverán a encontrar, aludiendo al momento en que a ella le toque morir también. ¿Crees que hay algo después de la vida?

Sí. No sé qué, pero tengo plena certeza de que hay algo. Las nociones de cielo e infierno no las comparto pero, por ejemplo, yo sueño mucho con mis conocidos muertos. Eso es un vínculo y demuestra que los lazos trascienden. Si estás enamorado aquí, es probable que sigas amando a esa persona a pesar de que se haya ido. El cariño perdura y eso es una señal. Otras señales son las que le dieron vida a este libro, que está cruzado completamente por anécdotas de las que no tengo explicación. No sé si yo llamé a la muerte al estar todo el tiempo pensando en ella o, de alguna forma, ella me llamó a mí para que la escribiera.

–Las páginas finales de este libro las dedicaste a los epitafios “célebres” de personajes que son y serán siempre recordados. Pero a diario pasan cientos, muchos de los cuales terminan siendo desatendidos incluso por sus seres queridos. ¿Qué opinión te merece el olvido?

–Dentro de la observación que puedo hacer como persona común y corriente y no tanto como escritora, el ir al cementerio y encontrar estas tumbas desoladas es algo fuerte. No solo por el caso de quienes decidieron no seguir visitando a sus deudos, sino también por esa gente que simplemente se murió, familias completas. El tema del paso del tiempo, el no-recuerdo, son cosas que me importan mucho plasmar. Pero creo que si hay algo que tienen los cementerios –y que me gusta muchísimo-, es lo democráticos que son. Desde el tipo que tuvo un cargo altísimo hasta el que no lo conoció nadie, comparten el mismo espacio, residen en esta misma ciudad. Puede cambiar el tamaño de la tumba, los materiales de la que está hecha, la cantidad de flores que tenga o no, pero finalmente son todos parte de lo mismo. Es un poco lo que quise hacer en este apartado: Erik Satie fue un músico extraordinario y quise colocarlo al mismo nivel que Hans Pozo, que es un muerto “ilustre” por algo terrible.

–¿Cómo te gustaría ser recordada a ti?

–Uf. Qué difícil. Desde muy chica, cuando imaginaba mi futuro, siempre decía: quiero hacer la mayor cantidad de cosas posible. Ahora no sé si quiero hacer tantas. Ya decidí qué es lo principal que quiero hacer en mi vida, que es escribir. En ese sentido, me gustaría que me recordaran como alguien que hizo lo que quiso y ojalá lograr ser además un aporte. El mayor problema que tiene la literatura en este minuto es que todos los estilos están muy mezclados y los escritores son un poco de cada cosa. Falta un estilo definido y propio, tener una cosmovisión. En ese aspecto es que me gustaría también ir puliendo mis temas y poder expresarlos de mejor forma. Tener más palabras para decir las cosas, que siempre me quedan escasas.

Son tres cosas por las que quisiera ser recordada: por haber experimentado, por ser alguien que se la jugó y, principalmente, por ser una buena persona. Así como quiero ir puliendo la escritura, la idea es también irse puliendo como ser humano.

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¡CONCURSO!

Para nuestros queridos lectores, tenemos 01 ejemplar de La Bella Muerte para sortear entre todos quienes comenten esta publicación, señalando nombre completo y correo electrónico, y completen la siguiente frase según su apreciación personal: ¿»La muerte es…»?

La respuesta más original será anunciada y contactada el próximo miércoles 16 vía e-mail.

GANADOR:

– Cristian Yáñez

¡Felicidades! Nos contactaremos contigo. ¡Y gracias a todos por participar!



Escrito por Pilar Higuera

Rata de biblioteca y consumidora compulsiva de té con miel. Bang bang, shoot shoot.


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